Hoy, 23 de julio de 2025, el mundo de la música amanece de luto. Ayer mismo, 22 de julio de 2025, a la venerable edad de 76 años, la voz que definió un género, el alma de Black Sabbath y el inigualable Príncipe de las Tinieblas, John Michael «Ozzy» Osbourne, nos dejó en su amada Birmingham. La noticia golpea con una crudeza que apenas puedo asimilar, especialmente para quienes, como yo, hemos crecido con sus riffs atronadores y su inconfundible grito. Ozzy se ha ido, pero su leyenda, esa que construyó a base de puro rock and roll y una vida vivida al límite, es y será, por siempre, inmortal.
Mi Viaje Personal con Ozzy: Una Vida Sonora
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que la distorsión de una guitarra, acompañada por una voz grave y cavernosa, me erizó la piel. Era «Iron Man», de Black Sabbath, y yo, un adolescente en plena búsqueda de mi identidad musical, encontré en ese sonido algo visceral, auténtico y poderosamente oscuro. Ozzy no era solo el vocalista; era la personificación de la rebeldía, de la lucha interna y de una energía cruda que pocas veces había presenciado. Sus movimientos erráticos en el escenario, su mirada penetrante y esa aura de peligro inminente lo convirtieron en un imán para mi joven mente.
Con el tiempo, Black Sabbath se convirtió en la banda sonora de mis años de formación. Álbumes como «Paranoid»,» Master of Reality» y «Vol. 4» no eran solo colecciones de canciones; eran manifiestos sónicos que desdibujaban las líneas entre el blues pesado y una nueva forma de metal que sentaría las bases para todo lo que vendría después. Y en el centro de esa revolución, con su inigualable presencia y su timbre vocal tan distintivo, siempre estaba Ozzy. Era el anti-héroe perfecto, el tipo que se atrevía a cantar sobre la guerra, la locura y los demonios personales en una época donde el rock aún exploraba sus límites. Para mí, era un visionario.
La Reinventación Solista: Más Allá del Sabbath
Cuando Ozzy dejó Black Sabbath a finales de los 70, todo el mundo pensó que era el fin de una era. Pero Ozzy, fiel a su espíritu indomable, demostró que estaba lejos de terminar. Su carrera en solitario, que comenzó con el magistral «Blizzard of Ozz» en 1980, fue una revelación. ¿Quién no se rindió ante la genialidad de Randy Rhoads en temas como «Crazy Train» o la emotiva «Goodbye to Romance»? Fue un Ozzy reinventado, con una energía renovada y una banda de músicos excepcionales que lo catapultaron de nuevo a la cima.
Durante los años 80 y 90, cada nuevo disco de Ozzy era un evento. «Diary of a Madman», «Bark at the Moon», «The Ultimate Sin», «No More Tears»… cada uno aportó clásicos que se grabaron a fuego en el inconsciente colectivo del rock. Canciones como «Mama, I’m Coming Home» mostraron una faceta más vulnerable y melódica, demostrando que su rango artístico iba más allá del heavy metal puro. A través de todas sus formaciones y sus altibajos personales, su voz, esa que reconocía a la legua, siempre fue el hilo conductor. Ozzy era el único que podía ser a la vez el «Príncipe de las Tinieblas» y un hombre con el corazón abierto, compartiendo sus miedos y sus esperanzas a través de la música.
El Showman, el Icono, el Superviviente
Pero la vida de Ozzy no solo se definió por su música. Fue un showman inigualable, una figura que traspasó las barreras del escenario para convertirse en un fenómeno cultural. Sus excentricidades, sus momentos icónicos (¡y a veces controversiales!), y su habilidad para conectar con la gente, lo hicieron trascender más allá de cualquier género. Para mí, verlo en vivo siempre fue una experiencia catártica. La forma en que comandaba al público, esa conexión casi mística que establecía con miles de personas, era algo que solo él podía lograr.
Y luego, su incursión en la telerrealidad con The Osbournes lo llevó a un nivel de fama global insospechado. De repente, el «Príncipe de las Tinieblas» era el padre de familia excéntrico que todos conocían y adoraban. Demostró ser humano, falible, y con un sentido del humor que desarmaba a cualquiera. Esta exposición masiva solo sirvió para solidificar su estatus como un verdadero icono de la cultura pop, ampliando su legado mucho más allá de las fronteras del heavy metal.
En los últimos años, hemos sido testigos de su admirable lucha contra problemas de salud significativos. Su tenacidad y su voluntad de seguir adelante, incluso cuando las cosas se ponían difíciles, han sido una inspiración. Verlo superar obstáculos, lanzar nueva música y, recientemente, dar un concierto de despedida, fue un testimonio de su espíritu inquebrantable.
Un Último Adiós Épico y un Legado Eterno
La noticia de su fallecimiento llega pocas semanas después de su concierto de despedida, «Back to the Beginning», celebrado el 5 de julio en su ciudad natal de Birmingham. Fue un evento monumental, un último rugido del león junto a sus hermanos de Black Sabbath y otros grandes invitados. Parece que ese fue su último gran regalo para nosotros, un broche de oro a una carrera inigualable. Que se haya despedido de los escenarios de esa manera, rodeado de su gente y de la música que lo hizo inmortal, es un final digno de una leyenda.
Hoy, mientras la guitarra de Tony Iommi se siente un poco más silenciosa y el mundo del rock pierde a una de sus voces más potentes, solo puedo sentir una profunda gratitud. Ozzy Osbourne no solo creó música; creó una atmósfera, una cultura, un camino para innumerables bandas y millones de fans. Su impacto es incalculable.
John Michael «Ozzy» Osbourne ya descansa en paz. Pero para mí, y para millones de personas en todo el mundo, su música seguirá resonando, su espíritu indomable seguirá inspirando, y su leyenda, la del Príncipe de las Tinieblas, brillará eternamente.
Adiós, Ozzy. Gracias por la música, por los recuerdos y por ser siempre tú mismo. La luz de tu legado nunca se apagará.