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Madcore Fest desplegó su segunda edición en el corazón del Mercado de Numancia una quirúrgica lección de agilidad organizativa y extrema pesadez; una jornada donde la técnica, las sorpresas del underground y la solidez ante la adversidad reafirmaron la vitalidad del foso capitalino.
La marejada urbana de Vallecas
Hay recintos que se prestan al artificio y otros, como la Sala La Trinchera en pleno corazón del histórico Mercado de Numancia en Vallecas, que te obligan a respirar el asfalto desde el primer segundo. El pasado sábado 3 de octubre, las inmediaciones de la calle Josefa Díaz no eran el habitual escaparate de público despistado; la concurrencia que pululaba por los bares perimetrales exhibía el rigor estilístico de las citas de culto: camisetas negras descoloridas, parches de sellos independientes y esa expectación sobria que precede a las noches de verdadero volumen.
La jornada se presentaba con una singularidad térmica y cultural fascinante. Mientras las puertas de La Trinchera se preparaban para acoger las frecuencias más graves y abrasivas del deathcore y el metalcore estatal, en el espacio exterior del propio mercado se celebraba simultáneamente un festival de rock y punk de corte autogestionado. El choque tectónico de géneros generó un ecosistema de comunidad envidiable: crestas, chupas de cuero rudo y sudaderas de slam compartiendo acera, cervezas a pie de calle y un murmullo continuo donde la distorsión era el idioma común. Vallecas latía a rito urbano, demostrando una vez más por qué el barrio sigue siendo el bastión inexpugnable del circuito en la capital.

En este marco se desplegó la propuesta de Madcore Fest, una promotora que demostró desde el primer minuto un nivel de profesionalidad y logística encomiable. En un formato de cuatro bandas con tiempos ajustados -márgenes severos de apenas 40 minutos por actuación-, la organización ejecutó un ejercicio de relojero: horarios cumplidos al milímetro, pruebas de línea agilizadas y cambios de backline tan veloces que penas dejaban espacio para que el aire entre la masa se enfriara. Si bien para el espectador con ganas de setlists extensos esa restricción temporal puede dejar un sabor a dentellada inacabada, la fluidez convirtió el evento en una ráfaga incesante de impacto directo, sin paja ni dilataciones innecesarias.
Devorate The Universe: Rompiendo la inercia del hielo
A primera hora, cuando las luces de la sala bajaron de intensidad para marcar el inicio del evento, el recinto acusaba la frialdad propia de los primeros pases. Con un aforo todavía disperso y el público desentumeciendo el cuello a cuentagotas, los catalanes Devorate The Universe asumieron la ingrata pero vital labor de abrir brecha. Practicantes de un deathcore de matices oscuros donde se entrecruzan la velocidad del blackened death y la pesadez de los breakdowns mecánicos, la formación saltó a escena sin concesiones.

A nivel sonoro, el grupo tuvo que lidiar con la física del recinto casi en vacío. La Trinchera, al no estar aún colmada de cuerpos que absorbieran las frecuencias rebotadas, ofrecía una acústica algo seco en los agudos de las guitarras. Sin embargo, la banda supo encajar la situación tirando de rigor métrico. La sección de bajo y batería mantuvo un pulso quirúrgico, sosteniendo los pasajes de blast beats con una solidez incuestionable mientras el apartado vocal desplegaba un registro que oscilaba entre el growl cavernoso y el scream rasgado de corte nórdico. Aunque la masa frente al escenario permaneció contenida -guardando esa distancia de seguridad casi protocolaria del primer grupo-, aunque se vieron ya los primeros empujones y patadas al aire, los de Reus cuajaron una actuación seria, dejando claro que su material posee el peso y la estructura técnica para hacer estragos en salas a pleno rendimiento. Fue una apertura sobria, directa y profesional que dejó la lona lista para el combate.

[Técnica/Métrica] ■■■■■■■■□□ (8/10)
[Respuesta Foso] ■■■■□□□□□□ (4/10)
[Ajuste Sonido] ■■■■■■□□□□ (6/10)
Titanfall: La irrupción andaluza y la conquista del foso
Si el primer asalto sirvió para aclimatar el aire, la salida de los andaluces Titanfall supuso un giro drástico en la dinámica de la noche. Absolutamente fuera del radar de gran parte del público asistente, la banda irrumpió en el escenario con la voracidad de quien se sabe con todo por ganar y nada que perder. Su propuesta, una demolición moderna de groove y metalcore combativo, encajó como un puñetazo en la mandíbula de una sala que ya empezaba a registrar un aspecto considerablemente más denso.

Desde los primeros acordes de temas como la lacerante «Repect the cuello» o «Let me Down», la actitud de la banda fue un derroche de movilidad y comunicación directa. No hubo espacio para el estatismo: la presencia escénica de su frontman buscaba el contacto constante con las primeras filas y la pegada de la batería retumbaba en las vigas del mercado. Uno de los puntos de inflexión del pase llegó con la interpretación de «Recréate» seguido por «Mi placa», para terminar con «Sen elles» y «Sin respuesta» donde la fricción de sus riffs sincopados desató los primeros movimientos serios en la zona central de La Trinchera.

La actuación ganó aún más enteros gracias a la inclusión de colaboraciones puntuales sobre las tablas; la subida de vocalistas invitados en un par de cortes aportó una dinamización estilística excelente, sumando capas de agresividad y dinamitando cualquier atisbo de monotonía. Titanfall no solo encendió la chispa de la noche, sino que firmó una de esas sorpresas que justifican el apoyo incondicional al underground: movilidad, pegada, conexión y un descaro escénico que convirtió sus 40 minutos en una fiesta de pogo y sudor.

[Técnica/Métrica] ■■■■■■■□□□ (8/10)
[Respuesta Foso] ■■■■■■■■■□ (9/10)
[Ajuste Sonido] ■■■■■■■■□□ (8/10)
The Ancient Arrival: La revelación atmosférica que rompió el molde del core
Con la temperatura de La Trinchera ya rozando el punto de ebullición tras la descarga de Titanfall, la entrada en escena de The Ancient Arrival supuso el gran golpe de timón de la velada. En un circuito a menudo saturado de formulas de metalcore y deathcore genéricas y cortadas por el mismo patrón de producción hipercompresiva, los madrileños demostraron que se puede golpear con la misma violencia estructural desde una arquitectura sonora sensiblemente más compleja, oscura y atmosférica.

Desde la primera nota de la noche, quedó claro que la banda no venía simplemente a despachar riffs a destajo, sino a levantar una pared de sonido envolvente y envolvente. La escenografía, austera pero apoyada en un juego de luces frías y claroscuros muy bien ejecutados, acompañó a la perfección esa dualidad entre la pesadez aplastante y el paisaje de sintetizadores y samplers que matizaban el fondo. La mezcla en la PA alcanzó aquí una nitidez excelente: la ecualización permitió apreciar el grano grueso de las guitarras sin tapar el trabajo del bajo, mientras que la batería exhibió una pegada seca, dinámica y libre de la frialdad de los triggers demasiado artificiales.
El desarrollo del setlist, aunque encorsetado por los estrictos 40 minutos estipulados por Madcore Fest, estuvo articulado como una auténtica suite de agresión melancólica. «Contagion» fue toda una declaración de intenciones: una introducción densa que se fue abriendo paso entre ritmos sincopados y guturales de amplio registro que oscilaban entre la desesperación y la furia. La transición hacia «Purification Season» confirmó las sensaciones del foso; la estructura del tema, cargada de dinámicas progresivas y cambios de ritmo hipertrabajados, enganchó de inmediato a un público que ya abarrotaba el recinto y encajaba la propuesta con una mezcla de sorpresa y admiración técnica.

Uno de los momentos cumbres de su descarga llegó con «Advice From The Defeated», donde el trabajo vocal mostró su faceta más versátil, desgranando líricas de corte existencialista sobre un muro de breakdowns pesadísimos. Para cerrar su paso por Vallecas, la formación apostó por «The Myth», un colofón majestuoso donde los pasajes ambientales de fondo se entrelazaron con una sección rítmica aplastante, dejando en el aire una sensación de madurez compositiva que va varios pasos por delante de la media del género. The Ancient Arrival no solo agradeció el cambio de registro del cartel, sino que se erigió como la auténtica triunfadora moral en cuanto a innovación y solidez de la noche.
[Técnica/Métrica] ■■■■■■■■■□ (9/10)
[Respuesta Foso] ■■■■■■■■□□ (8/10)
[Ajuste Sonido] ■■■■■■■■■□ (9/10)
Down To Suffer: El asalto estelar y la batalla contra los elementos
La expectación ante la salida de Down To Suffer se palpaba en el ambiente. La formación cántabra, que venía con el aval indiscutible de haber dejado su huella en los escenarios de referencia como el Resurrection Fest, encarnaba el cabeza de cartel ideal para culminar una jornada de pura ortodoxia extrema en el Madcore Fest. La masa en La Trinchera se apelotonó contra las primeras filas, densa, sudorosa y dispuesta a encajar el embate final de la velada.

Sin embargo, el arranque de los cántabros estuvo marcado por la peor pesadilla que puede afrontar una banda en directo: una cadena ininterrumpida de contratiempos técnicos en el sistema de monitorización y en el envío de señal a la mesa central. Desde el primer acople no deseado y las caídas intermitentes de intensidad en el front-of-house, se hizo evidente que la prueba de sonido previa no había resistido los cambios de temperatura y la sobrecarga de la línea. Los desajustes en el balance del vocalista y el bajo amenazaron en los primeros temas con deslucir por completo la propuesta de la banda, sepultando matices vitales de su entramado de deathcore/groove.

Lejos de amedrentarse o perder los papeles sobre el escenario -algo que habría hundido la actuación de grupos con menor bagaje-, Down To Suffer tiró de veteranía, tablas y profesionalidad absoluta. Su actitud fue impecable: sin aspavientos ni parones innecesarios que enfriaran a la audiencia, la banda aceptó el combate cuerpo a cuerpo con la acústica rebelde. Mientras los técnicos de la sala y de la organización trabajaban a contrarreloj desde la mesa para corregir la ecualización, el grupo suplió la falta de nitidez con un despliegue de rabia y presencia escénica descomunal.
Su frontman se echó el concierto a las espaldas, bajando del escenario, incitando al foso y canalizando la frustración técnica en pura energía de ejecución. Las primeras filas respondieron al instante: lejos de dar la espalda por los fallos de la PA, la masa arropó al combo norteño con un empuje brutal, convirtiendo los primeros bloques de su setlist en una trinchera compartida donde la actitud prevaleció sobre cualquier imperfección del sonido.

A medida que el reloj avanzaba inexorablemente hacia el límite de la licencia de la sala, la descarga de Down To Suffer entró en su fase más visceral. Con la mesa de sonido corrigiendo a marchas forzadas los desequilibrios de frecuencia iniciales, la formación cántabra logró estabilizar un plano sonoro lo suficientemente destructor como para desatar todo su arsenal. Si los primeros compases fueron un ejercicio de supervivencia, la segunda mitad del show fue un asalto directo a la yugular de Vallecas.
La pegada de la batería, recuperada la presencia del bombo en la PA, empezó a retumbar con la violencia precisa que requiere su deathcore de escuela moderna. Los breakdowns finales entraron como martillazos neumáticos sobre la concurrencia. La banda no se guardó nada: la alternancia de registros de su vocalista -escalando desde guturales abisales hasta chillidos de corte rasgado- demostró por qué la banda ha pisado escenarios de la envergadura del Resurrection Fest.
El mérito principal de Down To Suffer no residió únicamente en la contundencia de sus composiciones, sino en la entereza psicológica con la que gestionaron el infortunio. En lugar de dejarse arrastrar por la frustración de un sonido que nunca llegó a ser perfecto, transformaron esa tensión en una descarga de adrenalina pura. Para cuando sonaron los últimos acoples de su tema final, la sensación en La Trinchera no era la de haber presenciado un show lastrado por la técnica, sino la de haber sido testigos de un grupo de verdaderos guerreros del underground defendiendo su terreno a dentelladas.
[Técnica/Métrica] ■■■■■■■■□□ (8/10)
[Respuesta Foso] ■■■■■■■■■□ (9/10)
[Ajuste Sonido] ■■■■■□□□□□ (5/10)
La masa y el foso: La comunión del hormigón
Si algo quedó certificado la noche del sábado en La Trinchera fue la salud de hierro de la parroquia metalera en los barrios de la capital. La coincidencia en el Mercado de Numancia con el evento exterior de rock y punk no hizo más que alimentar una sinergia especial. El público que abarrotó el recinto de Madcore Fest no acudió como mero espectador contemplativo; desde el chispazo inicial propinado por Devorate The Universe hasta la trinchera final de Down To Suffer, el foso fue un organismo vivo en constante ebullición.
Los empujones, los circle pits relámpago en el reducido espacio central de la sala y los choques de cuerpos empapados en sudor se sucedieron de forma natural, sin violencia desmedida pero con la intensidad que exige el género. Destacable fue la camaradería absoluta del público: en un concierto de core y metal extremo, la respuesta de la masa ante los problemas técnicos de los cabezas de cartel fue ejemplar. No hubo deserciones ni murmullos de desaprobación; la gente apretó filas, rugió más fuerte entre canción y canción y arropó a los músicos para suplir desde la garganta lo que la PA no alcanzaba a proyectar. Esa es la verdadera esencia de la escena.
El balance de una velada de resistencia
El paso de Madcore Fest por la Sala La Trinchera deja un balance sumamente positivo que merece una lectura atenta por parte de promotores, salas y aficionados. La organización rozó la excelencia en la gestión del tiempo y la logística: cuatro bandas, cambios de backline a velocidad de vértigo y un cumplimiento de horarios quirúrgico. La única contrapartida de esta fórmula -los ajustados 40 minutos por actuación- es un mal menor comprensible en festivales de formato reducido, aunque deja con ganas de pases más dilatados a quienes buscan el desarrollo completo del repertorio de bandas como The Ancient Arrival.
En lo musical, la noche nos dejó tres certezas absolutas:
La cantera del underground está hipervitaminada: El descubrimiento de Titanfall y la lección de elegancia y pesadez de The Ancient Arrival justifican por sí solos el precio de la entrada.
Las tablas no se compran: Down To Suffer demostró la diferencia entre una banda de estudio y un combo de directo capaz de salvar una papeleta crítica a base de actitud y profesionalidad.
Vallecas sigue siendo un bastión: El ambiente de fraternidad entre el festival de la calle y el evento de La Trinchera reafirma que los espacios de barrio son el pulmón imprescindible para que el metal extremo siga respirando al margen de las grandes multinacionales del entretenimiento.
Fechas y carteles como este no solo deben repetirse, sino que exigen el apoyo incondicional de una escena que necesita cuidar sus salas pequeñas tanto como sus grandes festivales. Vallecas volvió a ser trinchera, y allí estuvimos para contarlo.






